lunes, 25 de abril de 2011

Amigos-

El veintidós va a las chapas. Esquiva autos, dobla furioso en las esquinas, haciendo que todos los pasajeros se bamboleen y se tengan que agarrar más fuerte. Además, pasa los semáforos en amarillo, casi rojo y eso a Horacio lo irrita. Va pensando, indignado, en cómo los argentinos infringimos todo tipo de ley de tránsito. También piensa que su nombre es demasiado “flojito” para su apariencia. Un chico como él debería llamarse Mike, Luca…hasta podría ser Román. Pero claramente, no Horacio. Colgado de una de las agarraderas del bondi, va haciéndose problema:
“Uno tiene que mantener una reputación… qué sé yo. Todo vestido de negro, cresta, uñas negras, borcegos de cuero, todo para que cuando me pregunten cómo me llamo, le tenga que contestar: Horaaacio. Muy maricón…”
Revisa una vez más su reproductor de mp3, como si eso fuera a cargar mágicamente la batería del mismo. En eso, nota que a la altura de sus bolas, va sentada una mujer con su hijo en el regazo. El nene lleva puesto un pintor cuadriculado y tiene en sus manos una valijita de plástico con stickers de autitos pegados. Pero lo que más le simpatiza son los anteojos de sol de juguete que tiene puestos. El nene lo mira de arriba abajo y mira a su mamá, que marca numeritos en el celular.
-Ma, ese nene tiene arito.
La mujer sigue mandando mensajes de texto vaya a saber a quién. Horacio se sonríe y lo mira:
-Se llaman aros expansores. ¿Ves que tengo un agujerito en la oreja? Podés meter el dedo si querés…
Horacio se inclina hacia donde está el infante. El nene, curioso, acerca su dedito a la cabeza del punk. La madre, levanta la cabeza e instintivamente le agarra la mano a su hijo.
-¡Dejá eso Pedrito! ¡Caca, caca!
Horacio se indigna y se aparta de la mujer.
-Caca tenés vos en la cabeza.
La mira de manera fulminante y se dirige a la parte trasera del colectivo. Toca el timbre.
Unos segundos después, la puerta se abre. Antes de bajarse, Horacio nota que una manito le agarra el pantalón chupín. Es el nene, que le despliega su mano y le entrega sus anteojos de sol. Horacio los toma y se baja. Inmediatamente se los pone y camina sonriente entre la multitud.

martes, 19 de abril de 2011

Después de la vereda, los charquitos del asfalto se deforman con en paso de los coches, luego tiemblan, y luego vuelven a estar como antes. Más allá de la ventana abierta, dos gordos de camisa se toman un descanso del trabajo aflojándose la corbata, piden café y tostadas. Una moza mira el reloj, otra moza charla con el lavacopas, el calor agobia. La lluvia amaina un poco y recién ahora noto las chispitas de agua descansando sobre tu juventud y tu brillo, que son tu pelo. Pienso que la respuesta nunca llegará y pierdo mi clásica lividez en favor del carmesí, uno de los gordos dentro del bar me nota nervioso, te mira, pero justo le traen la comida, dejamos de interesarle. Bajo los nubarrones nos protege la terca toldería, por dentro, el beso.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Nos.

Que tus cartas. Que mis cartitas. Que las plazas de San Telmo y sus naranjas. Que la lluvia de verano. Que Quilmes. Que Gonnet. Que mi auto. Que el Roca va a la chapas (a veces). Que Corrientes. Que esmeralda. Que mis miedos. Que tus ganas. Que mis tetas y tu espalda desnuda. Que tu ex (y que los míos). Que los mates. ¿Qué comer? Que el faso y Tribalistas. Que mi piel es de la selva. Que la tuya es de la nieve. Que yo. Que vos. Que qué bueno es quererte, pero qué hermoso amarte como te amo.

martes, 9 de noviembre de 2010

piña

A Rojo Vespaciano le viene pegando el sol en la nariz hace un buen rato, ya la tiene como un morrón. A la vera del camino, ya no sabe si hacer dedo parado, hacer dedo sentado, hacer dedo caminando, no hacer dedo, ya no sabe que más hacer porque ya hizo todo. A la derecha están los alambres de púa con los pequeños ovillos de pelo bovino que se enriedan como un algodón de azucar enano. Más allá, el pasto caliente de mediodía, las cotorras y el cielo amarillo.
Rojo zapatea el ripio y levanta tierra solo para joder mientras que a lo lejos, en la mitad del campo descansa algo brillante, chato y alargado, algo como un plato volador. Rojo no está seguro de qué cosa sea eso, pero le llama la atención: el sol es demasiado fuerte y el brillo es hipnótico, la forma del objeto no es clara, Rojo chequea en su bolsillo, el revolver sigue ahí y el pedacito de pepa también, se decide y salta el alambrado dejando atrás la carretera y un pedacito de dobladillo en la púa.
Paso a paso, el desfile de chicharras lo camufla y lo vuelve un ser casi místico, Rojo avanza, cauto y medio agachado, alerta, siente su rostro ataviado con camuflaje de tinta verde, por su parte, el plato volador sigue allí, y cada vez se hace más grande.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Dos relatos.

COMO SCOTTIE PIPPEN.
Sor Ethel abandonó los habitos recientemente, quedó flechada por el transportista del colegio. Todas las tardes durante la formación de salida, la monja lo miraba. Gustaba de su acento bruto, de las remeras hechas musculosa con los pliegues espiralados, gustaba de lo barato de sus lentes de sol y de sus uñas prolijas, bien recortadas. A su vez, la monjita sentía que el transportista abrazaba algo de su pasado, sentado y con el cinturón puesto le tocaba la preadolescencia, ella lo sentía familiar.
Según lo averiguado por la monja, el transportista era caboverdiano, muy parecido a Scottie Pippen, eso le gustaba.
Ethel no aguantó; podía no comer mucho, podía no tomar, podía vivir sin desodorante y sin enjuage bucal restringida a la plena media de lycra, podía vivir sin ninguna de esas cosas, pero necesitaba un compañero. Ethel juntó coraje y se acercó tórpemente al transportista, le pidió un chicle y le pagó con una notita que decía: “tengo un regalo para vos, volvé con la combi hoy a la noche” la monja se había puesto unos lentes de sol nuevos para impresionar a Scottie. Desde el balcón, como francotiradora, la superiora se persignó. Durante la cena de silencio notó a Ethel muy dispersa y glotona, más que de costumbre, ella sabía del incendio bajo la falda, no era el primero que veía.
El transportista resultó llamarse Brian Vallejos y no saber absolutamente nada de basquet. Su verdadera pasión era la play station y cuando Ethel quiso leerle un fragmento de “la ciudad de dios” Brian le sacó la ropa y prácticamente la violó; la obligaba a usar un crucifijo durante el acto, ella en el fondo lo disfrutaba. Más adelante advirtió que el sexo era impersonal, comenzó a sospechar. “Brian no me quiere a mí, el se casaría con cualquier monja, el tema es que sea una monja, nada más”.Sus sospechas se hicieron carne y al poco tiempo el transportista la comenzó a golpear asiduamente, Ethel, en señal de protesta se quitó de por vida el crucifijo y comenzó a usar maquillaje exagerado, también probó porro, brian nunca la volvió a desear.
Cumplido un año de matrimoñio, Ethel ya había cortado relación con su familia y con las monjas, “en reproche” ella le volvió a servir el guiso frío a Brian, esta vez a propósito, los pomúlos le latían por adelantado pero por dentro la invadía una cálida sensación de libertad ya que media docena de uniformados con gorra esperaban al transportista del otro lado de la puerta con las merecidas cachiporras.
Ahora, a la pobre Ethel, solamente le quedaban los recuerdos del pasado... en especial los de Scottie Pippen.



Champignones.
“Las latas de champignones  deberían estar en esta góndola… ¿Qué es esta distribución? Qué bizarro todo esto…”
Marcos tarda en encontrar los hongos. Finalmente, se da cuenta que sólo hay naturales en unas bandejas de telgopor, cubiertas con papel film. “Claro, no estaban con los enlatados porque simplemente no hay en lata. ¿Y ahora qué llevo?  ¿Yo qué sé cual llevar?”
Mira el estante repleto de bandejitas. Hay de todos los tamaños. Los colores, aunque siempre en una misma gama, varían: blancos radiantes (como si los hubiesen cepillado), amarillentos, blancos con toques en marrón oscuro y oscuros casi grises. Le llama la atención una bandeja con unos grandes y brillantes. No puede con su genio y les mete un dedo. Le divierte la sensación de apretar el hongo film mediante. Saca su celular y marca en el contacto que dice “Palacio de Bolívar”. Espera apoyado contra el changuito, con un pie metido en los fierritos de las ruedas.
“Ma. ¿Qué hacés? Escuchame… los champignones, no hay en lata…¿qué llevo? No, todavía no agarré (…) Si, si ya sé, siete y medio los guantes, pero no hay hongos enlatados (…) ¡Ya sé! (…) Si, si no hay Skip mediano llevo un Ala grande (…) ¿Qué hago con los champ…
La comunicación se corta. Marcos ve en la pantalla que no tiene señal. Ni una línea. Intenta llamar igual, pero el teléfono no marca y en la pantalla se puede leer “Sólo emergencia”. Empuja el changuito hacia el sector de limpieza, una viejita que pasa lo mira indignada tras haber oído un “puta madre”. “Qué boca sucia es esta juventud” piensa, mientras agarra de la góndola una bandejita con hongos blandos y grandes, sin notar que en una esquina tiene un pequeño machucón.


lunes, 1 de noviembre de 2010

teorías


-Chicos, me olvidé de contarles: creo que ayer se me apareció mi abuelo.
-Ay Agos, no jodas con eso que me da pánico…
-No bolu, te juro. No pasó nada igual. Yo siempre tengo miedo de que se me aparezca, pero esta vez estaba durmiendo en el cuarto de Caro y como que sentí que alguien me abrazaba fuerte y no me podía mover. Hacía muchísima fuerza para liberarme y no podía.
-¡Ah pero vos flasheaste fuerte! Eso es otra cosa. A mi me pasaba cuando viajaba en auto a la costa. Le pregunté a una psicóloga una vez, porque sospechaba que un espíritu no podía ser… y me dijo que eso te pasa cuando estás como “dormido, pero conciente”. Como que tu cerebro todavía no está en la etapa de sueño total, como que algo de vigilia te queda…
Rafa se tienta con este último aporte de Rochi y la gasta un poco: “Algo de vigilia te queda” ¡pará un poco Freud!  ¿Qué hacés estudiando turismo en vez de psicología?
-Ja, qué tarado. Todo lo que estoy diciendo es verdad, si no buscalo en la Wikipedia…
-No sé chicos, para mí era mi abuelo… Pero bueno, si se me aparece otra vez voy a pensar en esta teoría para no volver a pegarme un cagazo padre. ¿Me pasás los maníes?

sábado, 30 de octubre de 2010

Bazooka

“Bazooka (sin.) arma antitanque portátil” (encic. alba)

En los patios de la villa los festejos de navidad no tienen fronteras, todos contra todos, las puertas están siempre abiertas, los canas disparan al aire después de las doce y nadie afana. Se huelen el tinto caliente y el paso grácil de las pendejas con la la panza floja, las grietas que dejaron los pibes nacidos, uno después del otro. Pesa el alud de olor a porro y entre medio de todo eso asoma la colonia de Guerrero, nerviosa e invasiva, y él, con el culo más que frío. Ya la tenía ganada, no hacía falta pasar por todo este asunto familiar, pensaba. Guerrero Mira a Jennifer Ayala que sostiene una fuente llena de chorizos con la única mano que le queda y luego mira a los chorizos que empañan el aluminio de la fuente. Jennifer le cede un embutido al sordo casi con un movimiento de bailarina, una figura francamente obscena. El sordo le guiña un ojo a la chica, Jenni le giña el ojo a Guerrero, Guerrero le guiña el ojo al sordo simulando que la pasa bien, Jennifer saca la lengua entretenida, explota un petardo, Guerrero siente verguenza de sí mismo, el sordo jamás aprendió a hablar, leer o escribir, Hitler Ayala, el suegro, por su parte, saca la Bazzoka y pide la palabra.

Guerrero atinó a beber y luego sintió que las rodillas le temblaban. Hitler apoyó la bazooka en la mesa apuntando a Guerrero, joven rodeado de un festejo navideño que le era ajeno. El diente de oro y la endiablada trama de cabello paraguayo le ganaba por absoluta goleada al lacio boliviano. Desde que la bazooka lo empezó a apuntar, apoyada allí, entre las botellas de seven up rellenadas con mocoretá y las jarras de tereré, desde ese momento, Guerrero no escuchó mucho más nada... creyó entender un “de baja por sumario”... “los contactos los sigo teniendo”... Le quiso guiñar un ojo a Jeniffer, pero no la encontró.