sábado, 30 de octubre de 2010

Bazooka

“Bazooka (sin.) arma antitanque portátil” (encic. alba)

En los patios de la villa los festejos de navidad no tienen fronteras, todos contra todos, las puertas están siempre abiertas, los canas disparan al aire después de las doce y nadie afana. Se huelen el tinto caliente y el paso grácil de las pendejas con la la panza floja, las grietas que dejaron los pibes nacidos, uno después del otro. Pesa el alud de olor a porro y entre medio de todo eso asoma la colonia de Guerrero, nerviosa e invasiva, y él, con el culo más que frío. Ya la tenía ganada, no hacía falta pasar por todo este asunto familiar, pensaba. Guerrero Mira a Jennifer Ayala que sostiene una fuente llena de chorizos con la única mano que le queda y luego mira a los chorizos que empañan el aluminio de la fuente. Jennifer le cede un embutido al sordo casi con un movimiento de bailarina, una figura francamente obscena. El sordo le guiña un ojo a la chica, Jenni le giña el ojo a Guerrero, Guerrero le guiña el ojo al sordo simulando que la pasa bien, Jennifer saca la lengua entretenida, explota un petardo, Guerrero siente verguenza de sí mismo, el sordo jamás aprendió a hablar, leer o escribir, Hitler Ayala, el suegro, por su parte, saca la Bazzoka y pide la palabra.

Guerrero atinó a beber y luego sintió que las rodillas le temblaban. Hitler apoyó la bazooka en la mesa apuntando a Guerrero, joven rodeado de un festejo navideño que le era ajeno. El diente de oro y la endiablada trama de cabello paraguayo le ganaba por absoluta goleada al lacio boliviano. Desde que la bazooka lo empezó a apuntar, apoyada allí, entre las botellas de seven up rellenadas con mocoretá y las jarras de tereré, desde ese momento, Guerrero no escuchó mucho más nada... creyó entender un “de baja por sumario”... “los contactos los sigo teniendo”... Le quiso guiñar un ojo a Jeniffer, pero no la encontró.

miércoles, 27 de octubre de 2010

los chotos


-No, es que no me interesa.(…) No, en serio que no. (…) Si, pero ¿sabés qué pasa? Hace como dos meses que estoy pagando cinco megas y nunca me los dieron. Lo único que quiero es dar de baja el servicio…
Juan Cruz camina por la cocina con el teléfono en la mano. Está un poco caliente con estos tipos de Internet, pero nunca pierde la amabilidad ni la paciencia. Digamos que esto se debe un poco a su buen temple, pero en definitiva, viene más por el lado de que toda esta situación lo divierte. Se piensa  a sí mismo en ese momento y se descubre agarrando un yogurt de la heladera, con el tubo en la otra mano y en calzoncillos; mientras que la cordobesa del otro lado de la línea le sigue ofreciendo nuevos servicios:
-Sí, pero eso que ustedes ofrecen yo lo encuentro gratis en Internet. (…) Y bueno, la verdad, no me importa mucho cuán legales son esas páginas. A lo que voy es que ustedes me siguen ofreciendo cosas pero nunca me dieron los cinco megas que yo estoy pagando, ¿entendés Carolina?
Euge entra a la cocina con los ojos casi cerrados y mientras pone la pava en la hornalla se queda escuchando las cosas que dice Juancru. También encuentra divertida la situación. Más que divertida, está sorprendida por el trato que él tiene. Piensa, mientras busca la yerba en la alacena, “a la gente le encanta descargarse con los pobre pibes que te llaman, los re cagan a puteadas, como si ellos fueran los dueños de las compañías. Es como su minuto para descargarse con alguien… pero bueno, qué se yo…También, a quien se lo van a decir…”
-Bueno, bueno. Se te acabó el tiempo de conquistarme. Me tengo que ir. ¿Entonces tengo que llamar a este cero ochocientos que me pasaste? ¿No me lo podés hacer vos ahí de onda? (…) Bueno, bueno, entiendo (…) no, por favor, hasta luego. Euge se ceba un mate y lo mira.
-Pobres tipos ¿no?
-¿Quiénes?
-Estos que laburan haciendo eso…  no sé, les deben pagar dos mangos y tienen que escuchar a todo el mundo.
-Qué se yo… se deben cagar un poco de risa también. Nacho laburó en un call center por tres meses y me contó cada cosa… dice que los jubilados por ejemplo no cazaban un fulbo y le charlaban de cualquier cosa.
-Si, se cagó de risa porque estuvo tres meses nada más. ¡Así cualquiera!
Juan tira el potecito de yogurt, no sin antes lambetear la tapita plateada, algo que deja siempre para el final.
-Cómo te gusta hacer eso, asqueroso. Encima eso que queda pegado es horrible.
-Es yogurt boluda. No entiendo qué es lo que te parece “horrible”. Vos te has comido cada cosa…
-¡Pobre de vos! Mirá, mejor no saques el tema. Esa tal “Maggie” que vino el otro día…
Juanchi se sonríe, como asintiendo a lo que dice su hermana. Agarra una remera y un jogging que están sobre la tabla de planchar y se pone el pantalón. La remera se la pone mientras camina hacia el baño. Mea con la puerta abierta y mientras lo hace, canta una canción de Callejeros en voz alta. Puede escuchar a Euge, desde la cocina, siguiendo la canción.