miércoles, 3 de noviembre de 2010

Dos relatos.

COMO SCOTTIE PIPPEN.
Sor Ethel abandonó los habitos recientemente, quedó flechada por el transportista del colegio. Todas las tardes durante la formación de salida, la monja lo miraba. Gustaba de su acento bruto, de las remeras hechas musculosa con los pliegues espiralados, gustaba de lo barato de sus lentes de sol y de sus uñas prolijas, bien recortadas. A su vez, la monjita sentía que el transportista abrazaba algo de su pasado, sentado y con el cinturón puesto le tocaba la preadolescencia, ella lo sentía familiar.
Según lo averiguado por la monja, el transportista era caboverdiano, muy parecido a Scottie Pippen, eso le gustaba.
Ethel no aguantó; podía no comer mucho, podía no tomar, podía vivir sin desodorante y sin enjuage bucal restringida a la plena media de lycra, podía vivir sin ninguna de esas cosas, pero necesitaba un compañero. Ethel juntó coraje y se acercó tórpemente al transportista, le pidió un chicle y le pagó con una notita que decía: “tengo un regalo para vos, volvé con la combi hoy a la noche” la monja se había puesto unos lentes de sol nuevos para impresionar a Scottie. Desde el balcón, como francotiradora, la superiora se persignó. Durante la cena de silencio notó a Ethel muy dispersa y glotona, más que de costumbre, ella sabía del incendio bajo la falda, no era el primero que veía.
El transportista resultó llamarse Brian Vallejos y no saber absolutamente nada de basquet. Su verdadera pasión era la play station y cuando Ethel quiso leerle un fragmento de “la ciudad de dios” Brian le sacó la ropa y prácticamente la violó; la obligaba a usar un crucifijo durante el acto, ella en el fondo lo disfrutaba. Más adelante advirtió que el sexo era impersonal, comenzó a sospechar. “Brian no me quiere a mí, el se casaría con cualquier monja, el tema es que sea una monja, nada más”.Sus sospechas se hicieron carne y al poco tiempo el transportista la comenzó a golpear asiduamente, Ethel, en señal de protesta se quitó de por vida el crucifijo y comenzó a usar maquillaje exagerado, también probó porro, brian nunca la volvió a desear.
Cumplido un año de matrimoñio, Ethel ya había cortado relación con su familia y con las monjas, “en reproche” ella le volvió a servir el guiso frío a Brian, esta vez a propósito, los pomúlos le latían por adelantado pero por dentro la invadía una cálida sensación de libertad ya que media docena de uniformados con gorra esperaban al transportista del otro lado de la puerta con las merecidas cachiporras.
Ahora, a la pobre Ethel, solamente le quedaban los recuerdos del pasado... en especial los de Scottie Pippen.



Champignones.
“Las latas de champignones  deberían estar en esta góndola… ¿Qué es esta distribución? Qué bizarro todo esto…”
Marcos tarda en encontrar los hongos. Finalmente, se da cuenta que sólo hay naturales en unas bandejas de telgopor, cubiertas con papel film. “Claro, no estaban con los enlatados porque simplemente no hay en lata. ¿Y ahora qué llevo?  ¿Yo qué sé cual llevar?”
Mira el estante repleto de bandejitas. Hay de todos los tamaños. Los colores, aunque siempre en una misma gama, varían: blancos radiantes (como si los hubiesen cepillado), amarillentos, blancos con toques en marrón oscuro y oscuros casi grises. Le llama la atención una bandeja con unos grandes y brillantes. No puede con su genio y les mete un dedo. Le divierte la sensación de apretar el hongo film mediante. Saca su celular y marca en el contacto que dice “Palacio de Bolívar”. Espera apoyado contra el changuito, con un pie metido en los fierritos de las ruedas.
“Ma. ¿Qué hacés? Escuchame… los champignones, no hay en lata…¿qué llevo? No, todavía no agarré (…) Si, si ya sé, siete y medio los guantes, pero no hay hongos enlatados (…) ¡Ya sé! (…) Si, si no hay Skip mediano llevo un Ala grande (…) ¿Qué hago con los champ…
La comunicación se corta. Marcos ve en la pantalla que no tiene señal. Ni una línea. Intenta llamar igual, pero el teléfono no marca y en la pantalla se puede leer “Sólo emergencia”. Empuja el changuito hacia el sector de limpieza, una viejita que pasa lo mira indignada tras haber oído un “puta madre”. “Qué boca sucia es esta juventud” piensa, mientras agarra de la góndola una bandejita con hongos blandos y grandes, sin notar que en una esquina tiene un pequeño machucón.


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