jueves, 18 de noviembre de 2010

Nos.

Que tus cartas. Que mis cartitas. Que las plazas de San Telmo y sus naranjas. Que la lluvia de verano. Que Quilmes. Que Gonnet. Que mi auto. Que el Roca va a la chapas (a veces). Que Corrientes. Que esmeralda. Que mis miedos. Que tus ganas. Que mis tetas y tu espalda desnuda. Que tu ex (y que los míos). Que los mates. ¿Qué comer? Que el faso y Tribalistas. Que mi piel es de la selva. Que la tuya es de la nieve. Que yo. Que vos. Que qué bueno es quererte, pero qué hermoso amarte como te amo.

martes, 9 de noviembre de 2010

piña

A Rojo Vespaciano le viene pegando el sol en la nariz hace un buen rato, ya la tiene como un morrón. A la vera del camino, ya no sabe si hacer dedo parado, hacer dedo sentado, hacer dedo caminando, no hacer dedo, ya no sabe que más hacer porque ya hizo todo. A la derecha están los alambres de púa con los pequeños ovillos de pelo bovino que se enriedan como un algodón de azucar enano. Más allá, el pasto caliente de mediodía, las cotorras y el cielo amarillo.
Rojo zapatea el ripio y levanta tierra solo para joder mientras que a lo lejos, en la mitad del campo descansa algo brillante, chato y alargado, algo como un plato volador. Rojo no está seguro de qué cosa sea eso, pero le llama la atención: el sol es demasiado fuerte y el brillo es hipnótico, la forma del objeto no es clara, Rojo chequea en su bolsillo, el revolver sigue ahí y el pedacito de pepa también, se decide y salta el alambrado dejando atrás la carretera y un pedacito de dobladillo en la púa.
Paso a paso, el desfile de chicharras lo camufla y lo vuelve un ser casi místico, Rojo avanza, cauto y medio agachado, alerta, siente su rostro ataviado con camuflaje de tinta verde, por su parte, el plato volador sigue allí, y cada vez se hace más grande.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Dos relatos.

COMO SCOTTIE PIPPEN.
Sor Ethel abandonó los habitos recientemente, quedó flechada por el transportista del colegio. Todas las tardes durante la formación de salida, la monja lo miraba. Gustaba de su acento bruto, de las remeras hechas musculosa con los pliegues espiralados, gustaba de lo barato de sus lentes de sol y de sus uñas prolijas, bien recortadas. A su vez, la monjita sentía que el transportista abrazaba algo de su pasado, sentado y con el cinturón puesto le tocaba la preadolescencia, ella lo sentía familiar.
Según lo averiguado por la monja, el transportista era caboverdiano, muy parecido a Scottie Pippen, eso le gustaba.
Ethel no aguantó; podía no comer mucho, podía no tomar, podía vivir sin desodorante y sin enjuage bucal restringida a la plena media de lycra, podía vivir sin ninguna de esas cosas, pero necesitaba un compañero. Ethel juntó coraje y se acercó tórpemente al transportista, le pidió un chicle y le pagó con una notita que decía: “tengo un regalo para vos, volvé con la combi hoy a la noche” la monja se había puesto unos lentes de sol nuevos para impresionar a Scottie. Desde el balcón, como francotiradora, la superiora se persignó. Durante la cena de silencio notó a Ethel muy dispersa y glotona, más que de costumbre, ella sabía del incendio bajo la falda, no era el primero que veía.
El transportista resultó llamarse Brian Vallejos y no saber absolutamente nada de basquet. Su verdadera pasión era la play station y cuando Ethel quiso leerle un fragmento de “la ciudad de dios” Brian le sacó la ropa y prácticamente la violó; la obligaba a usar un crucifijo durante el acto, ella en el fondo lo disfrutaba. Más adelante advirtió que el sexo era impersonal, comenzó a sospechar. “Brian no me quiere a mí, el se casaría con cualquier monja, el tema es que sea una monja, nada más”.Sus sospechas se hicieron carne y al poco tiempo el transportista la comenzó a golpear asiduamente, Ethel, en señal de protesta se quitó de por vida el crucifijo y comenzó a usar maquillaje exagerado, también probó porro, brian nunca la volvió a desear.
Cumplido un año de matrimoñio, Ethel ya había cortado relación con su familia y con las monjas, “en reproche” ella le volvió a servir el guiso frío a Brian, esta vez a propósito, los pomúlos le latían por adelantado pero por dentro la invadía una cálida sensación de libertad ya que media docena de uniformados con gorra esperaban al transportista del otro lado de la puerta con las merecidas cachiporras.
Ahora, a la pobre Ethel, solamente le quedaban los recuerdos del pasado... en especial los de Scottie Pippen.



Champignones.
“Las latas de champignones  deberían estar en esta góndola… ¿Qué es esta distribución? Qué bizarro todo esto…”
Marcos tarda en encontrar los hongos. Finalmente, se da cuenta que sólo hay naturales en unas bandejas de telgopor, cubiertas con papel film. “Claro, no estaban con los enlatados porque simplemente no hay en lata. ¿Y ahora qué llevo?  ¿Yo qué sé cual llevar?”
Mira el estante repleto de bandejitas. Hay de todos los tamaños. Los colores, aunque siempre en una misma gama, varían: blancos radiantes (como si los hubiesen cepillado), amarillentos, blancos con toques en marrón oscuro y oscuros casi grises. Le llama la atención una bandeja con unos grandes y brillantes. No puede con su genio y les mete un dedo. Le divierte la sensación de apretar el hongo film mediante. Saca su celular y marca en el contacto que dice “Palacio de Bolívar”. Espera apoyado contra el changuito, con un pie metido en los fierritos de las ruedas.
“Ma. ¿Qué hacés? Escuchame… los champignones, no hay en lata…¿qué llevo? No, todavía no agarré (…) Si, si ya sé, siete y medio los guantes, pero no hay hongos enlatados (…) ¡Ya sé! (…) Si, si no hay Skip mediano llevo un Ala grande (…) ¿Qué hago con los champ…
La comunicación se corta. Marcos ve en la pantalla que no tiene señal. Ni una línea. Intenta llamar igual, pero el teléfono no marca y en la pantalla se puede leer “Sólo emergencia”. Empuja el changuito hacia el sector de limpieza, una viejita que pasa lo mira indignada tras haber oído un “puta madre”. “Qué boca sucia es esta juventud” piensa, mientras agarra de la góndola una bandejita con hongos blandos y grandes, sin notar que en una esquina tiene un pequeño machucón.


lunes, 1 de noviembre de 2010

teorías


-Chicos, me olvidé de contarles: creo que ayer se me apareció mi abuelo.
-Ay Agos, no jodas con eso que me da pánico…
-No bolu, te juro. No pasó nada igual. Yo siempre tengo miedo de que se me aparezca, pero esta vez estaba durmiendo en el cuarto de Caro y como que sentí que alguien me abrazaba fuerte y no me podía mover. Hacía muchísima fuerza para liberarme y no podía.
-¡Ah pero vos flasheaste fuerte! Eso es otra cosa. A mi me pasaba cuando viajaba en auto a la costa. Le pregunté a una psicóloga una vez, porque sospechaba que un espíritu no podía ser… y me dijo que eso te pasa cuando estás como “dormido, pero conciente”. Como que tu cerebro todavía no está en la etapa de sueño total, como que algo de vigilia te queda…
Rafa se tienta con este último aporte de Rochi y la gasta un poco: “Algo de vigilia te queda” ¡pará un poco Freud!  ¿Qué hacés estudiando turismo en vez de psicología?
-Ja, qué tarado. Todo lo que estoy diciendo es verdad, si no buscalo en la Wikipedia…
-No sé chicos, para mí era mi abuelo… Pero bueno, si se me aparece otra vez voy a pensar en esta teoría para no volver a pegarme un cagazo padre. ¿Me pasás los maníes?